(Por Roberto Pizarro)

SinPermiso, 24 de octubre de 2020.- Lamentable. En medio de la masiva celebración del 18-0, jóvenes indignados, junto a delincuentes habituales, incendiaron dos iglesias y celebraron, con euforia, la tarea cumplida. Destrucción de parte del patrimonio histórico de nuestro país a lo que se agregó el acostumbrado ataque a almacenes comerciales.
Violencia inaceptable e inconducente, que hace un gran favor a quienes agitan en favor del rechazo a una nueva Constitución. Pero no basta con cuestionar la violencia. Es preciso entenderla para proponer caminos que apunten a terminar con ella.
En efecto, para explicar la violencia es preciso entender que la sociedad chilena, construida en los últimos 40 años, vive una enfermedad terminal.
Probablemente el símbolo del desconocimiento lo representen el ex Ministro de Salud, Jaime Mañalich, quien se declaró sorprendido por la existencia de tanta pobreza y hacinamiento en las poblaciones del país.
Lo mismo, la vocera gubernamental, y actual Ministra de Desarrollo Social, Karla Rubilar, la que señaló sobre el 18-0, “No la vimos venir”.
Y, a ambos se unió el ex director del Metro de la Concertación, Clemente Pérez, quien también, con manifiesto infortunio, señaló, a propósito de la destrucción de terminales del Metro: “Esto no prendió cabros”.
El rechazo a los abusos y desigualdades, que cotidianamente golpean a la familia chilena, tuvo su primera expresión con la rebelión estudiantil del 2011 y que luego se generalizó en el estallido de octubre 2019.
Fue la respuesta a la teoría del crecimiento con derrame, vale decir “crecimiento con disminución de la pobreza”: teoría que olvidó que la pobreza es multidimensional y que contempla educación, pensiones, salud, vivienda, protección del medio ambiente.
El modelo neoliberal, hoy manifiestamente fracasado, lo instalaron los Chicago Boys, con el apoyo represivo de Pinochet; pero los gobiernos de la Concertación le dieron continuidad. Los que fuimos “autoflagelantes” desde la primera hora no pudimos desafiar el poder de los “complacientes”.
La derecha, El Mercurio y el gran empresariado eran demasiado poderosos. Se aliaron a ellos gran parte de los políticos y economistas de la Concertación: unos se convencieron de las bondades del modelo y otros se pasaron directamente a los directorios de las grandes empresas.
Hoy día, ya no existen dudas que el modelo económico concentra sus frutos en una minoría, acorralando a la mayoría de la sociedad en la desesperanza.
Tampoco ha resultado convincente esa política social asistencialista (la maldita focalización), que entrega bonos a los más pobres y coloca en la incertidumbre a las capas medias.
Por ello es explicable la descalificación que hace la opinión pública de toda la clase política: el gobierno, la derecha, la oposición y el Parlamento. La paciencia se ha terminado y se ha transformado enojo y desesperanza.
La política social de la focalización ha acorralado a los pobres en poblaciones marginales, hacinados en casas pequeñas, lejos de colegios y hospitales.
Los jefes de familia tienen que desplazarse muchos kilómetros para ir a trabajar al barrio alto, como empleadas domésticas o como obreros de la construcción.
Sus hijos, durante las mañanas se dirigen a pésimos centros educativos, sin espacios deportivos adecuados y, durante las tardes y noches se encuentran expuestos a una vida de calle, donde impera el narcotráfico y la delincuencia.
Los excluidos están marcados por el enojo y desesperanza, emociones que conducen a la delincuencia y violencia. Y no son pocos; se trata de miles de excluidos que deambulan por calles, realizando portonazos, asaltando casas, con acceso a armas de fuego.
Es imprescindible desarmar la muralla que divide a los chilenos. Sólo así se terminará la indignación de esos jóvenes que no estudian ni trabajan o de aquellos que estudian en colegios y universidades inservibles, con empleos precarios.
Sólo así se podrán cerrar las puertas a la delincuencia y drogadicción que se extiende en las poblaciones marginales. La cárcel no es el remedio estructural a estos males, sino la prevención y la integración social, de manera que todos seamos parte de una misma sociedad.
Hoy día, hombres y mujeres, y especialmente los jóvenes, se dan cuenta que el Estado actual es incapaz de responder a sus demandas. El malestar ya no puede ser canalizado a través de las instituciones existentes. La protesta va más allá de reivindicaciones parciales. Es preciso refundar el país.
Las demandas apuntan a construir nuevos caminos económicos, sociales y políticos. Ello explica el cuestionamiento de los movimientos sociales a la institucionalidad en educación, salud, previsión, vivienda, medioambiente, que divide a los chilenos entre ricos y pobres.
En el ámbito económico, el agua privatizada, la producción de alimentos, la explotación de bosques y minerales sólo han servido para la industrialización China, pero no para el desarrollo del país.
La delincuencia crece en medio de una persistente mala distribución del ingreso; la educación es un negocio, que favorece la segregación social; la salud es un vía crucis cotidiano para pobres y capas medias.
La corrupción crece en medio del individualismo del sálvese quien pueda. Entre tanto, los editores de los medios de comunicación tratan de convencernos que nuestra sociedad anda bien.
La economía chilena no resiste la sobre explotación de sus recursos naturales y necesita una urgente diversificación. Por ello la Nueva Constitución debe terminar con el actual Estado subsidiario y con una economía fundada en la espontaneidad del mercado.
Sólo un Estado activo podrá potenciar nuevos sectores productivos, que agreguen valor a los bienes, para generar empleo de calidad.
Y sólo así se terminará con la nefasta teoría del “crecimiento con reducción de la pobreza” que sólo ha servido para ampliar las desigualdades, excluir a los pobres y desintegrar la sociedad chilena.
La rebelión del 18 de octubre es un desafío a las desigualdades y abusos del modelo económico y también a la escasa participación existente en el actual sistema político.
El pasado 18-0, al igual que un año atrás, fue un día de furia. Jóvenes de población, de forma anárquica, atacaron iglesias, comercios, quemaron vehículos, e incluso agredieron a Carabineros.
Si se quiere entender lo que sucede, y no sólo reprimir y encarcelar, es preciso reconocer que hemos construido una sociedad de mierda, con desigualdades y abusos insoportables.
Empresarios, políticos y medios de comunicación reaccionan ante la violencia de los excluidos exigiendo represión y cárcel. No se escuchan propuestas de efectiva integración para los excluidos. Nadie habla de escuelas, centros de salud y deportes, y de una sociedad integrada.
No se comprende que la rabia y el resentimiento acumulado explican en gran medida el aumento de la delincuencia y también los episodios de violencia que recorren las calles del país. Hay que desalambrar.
Los hijos de ricos y de pobres tienen que ir a las mismas escuelas. Los buenos hospitales tienen que atender a la mujer modesta y a la rica. La distribución territorial debe terminar con la segregación social que la caracteriza.
La violencia se erradica con integración social y territorial, construyendo una sociedad igualitaria, donde se valoren las relaciones entre los seres humanos en vez de las relaciones de las personas con las cosas.
La violencia de los excluidos es inconducente, pero también ha sido inconducente el modelo económico y político que sufre la sociedad chilena. Las protestas ciudadanas demandan una nueva estrategia de desarrollo, que coloque en su centro a los subordinados y excluidos.
Al final de cuentas, una nueva Constitución debe garantizar oportunidades políticas, económicas y sociales para todos los chilenos y terminar con toda forma de exclusión.
* Roberto Pizarro es economista, académico y ex ministro de la Concertación.
<>Fuente: La Mirada, Santiago de Chile 22 de octubre 2020.
https://www.sinpermiso.info/textos/chile-rabia-delincuencia-y-violencia <>