Perú: Tal es la inmensidad

 

(Por José Diez)

La tecnología es tan pequeña, como pequeño es el conocimiento
humano.
Los hombres son partículas, átomos, células, iones, estructuras,
microorganismos letales y vivientes, ante esta naturaleza
incomparable.
Es el inmenso cosmos a la inversa que no se podrá conocer
ni descifrar, aunque se incluyan los últimos adelantos de la infinita
ciencia en seguir investigando y devastando.
Somos el organismo más complejo de todos los fenómenos
universales.
Los telescopios astrológicos como el SOAR en Chile o el del
monte “maldito” en Arizona. Ni el KECK ni Magallanes y muchos
otros, podrán divisar las estepas espaciales, las montañas
nebulosas y lejanas de los espectros que forman cadenas
de vías lácteas esparcidas en cientos de miles de trillones
de océanos infinitos y perpetuos.
Sólo allí se rigen las distancias inconcebibles e inimaginables.
Un imposible completo hecho realidad, hecho esencia interminable
a nuestro entendimiento.
Pero la temible, arrogante, absurda y terrible ignorancia acaba
con todo lo absoluto y lo efímero de la creación.
Es el hecho implícito que nuestra sensibilidad capta y procesa.
Los Apus siguen siendo la grandeza telúrica a lo largo y ancho
de la civilización más original del planeta.
El que se invente estilos de subordinados, allá él. Será el sueño
malvado de su grotesca bestialidad, cuyo estigma vergonzoso
de homo inteligente se verá sentenciado al capricho radical
de este siglo alucinado.
Donde se cree que termina un posible Universo empieza otro,
que es el eterno movimiento cíclico de los cuerpos estelares.
Donde muere una estrella nacen mil abstracciones. Pero cuando
acaben con la tierra, morirán millones, por las irreemplazables
momias robóticas de estos tiempos absurdos.
El entendido que interpreta con humildad las metáforas del mundo
ama y respeta el conjunto. En los goznes que une su grandeza
y su alma, está la reconciliación perfecta del ser en la extrema
plenitud natural.
El mísero sólo ve en la vida destrucción, pantanos de fuego
en las calderas de la noche.
Apu Túpac Condorcanqui, han llenado de maldición la tierra que
para ti fue sagrada, la adoración de la belleza en tus reinos
que engendró la sabiduría inexplicable.
Los híbridos gusanos que pernoctan con sangre de virreyes
y profanan la morada de los dioses, sedujeron con nefasta
hipocresía los espejos sangrantes, sobre una raza orgullosa,
traicionada y vencida.
Ante ellos seré el poeta cuyas leyes serán inquebrantables.
A los filipillos de la raza ante las febriles radiaciones de locura
explotará la enajenación y los vértigos del doloroso pecado.
Así llegará su hora sublimada.
Cuánto daño y maldad han alimentado sus ríos infecciosos
y su monstruosidad.
Escucharán las campanadas del Universo rasgando las puertas
de la desesperación. Las propias pesadillas caerán alucinadas
por los neuróticos sueños de la esquizofrenia.
A sorbos entregaron el infierno a la humanidad aquellos que
cocinaban el mundo a la parrilla y caminaban sigilosos entre
los crueles fogones de guerra y destrucción.
Científicamente persuadían que viviríamos mejor, mejor dicho,
atropellando gente aterrorizada en vehículos macabros.
Asaltando la tranquilidad en supermotos de ocho cilindros.
Bombardeando ciudades desde los 1,000 metros de altura,
tripulado por los fantasmas de la tecnología industrial.
Premiando maldades en los concursos del crimen y cosechando
garrapatas en las administraciones públicas de soborno,
decadencia y corrupción.
El fruto de este encuentro diabólico de las multinacionales
fue cosechar semillas tóxicas para envenenar comercialmente
a todo el género humano.
Subiría el petróleo y el precio del agua como un recurso
contradictorio a las necesidades ambientales, incluida la muerte
y los sueños que despiertan entre lágrimas y remordimientos
de nuestra propia aniquilación.
*Recibido por una gentileza del autor, 3 de noviembre de 2017.<>

 

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